How I’m Surviving The Pandemic/Cómo sobrevivo la pandemia

August 3, 2020
By Bonnie Page

Bonnie Page is one of the community members that Consumer Health Foundation has engaged with during our community-centered transformation. Below she describes her pandemic experience. The Spanish translation is below.


My disabilities on the outside are apparent. Most people would never be able to guess the disabilities on the inside that I’ve learned to camouflage. I suffer with clinical depression and ADHD. My illness is sometimes overwhelming to the point that I’ve been admitted into a psychiatric hospital twice in the last few years. I’m medicated for both of my mental health issues, and I take my medications like clockwork on a daily basis.

I’m blessed to have a very supportive family, a therapist I see weekly, a social worker who checks in on me twice a month to see how I’m doing and regular visits with my psychiatrist. I have three caregivers and one of them is with me every day.

One would think my condition would be under control. Some days are better than others. Still, there are times I get so frustrated I lock myself in the bathroom and scream. I tend to snap at people for little things like someone not putting my scissors back where I had them. Social distancing does not help my condition; it only exacerbates it.

It feels as if the walls are closing in on me and I’m constantly fighting to get out. I feel stir-crazy, jumping from one thing to another without finishing either. Biting my nails. Eating everything in sight or not eating all day. Forgetting what day of the week it is. Not sleeping well, and some nights, not sleeping at all. Even though I have aides to help me in my daily living, I still feel isolated and lonely.

COVID-19 came out of left field. Being a senior and having pre-existing health conditions, I’m at an extreme risk of contracting COVID-19 and chances of my survival would be quite limited. The last time I was outside of my apartment building was March 9th. I grocery shop via the internet. My many prescription medications are mail ordered. I’ve had video doctor’s visits. Fresh air and feeling the sun on my skin is nonexistent.

The highlight of my day and the thing that brings me the greatest joy is receiving pictures of my great-granddaughter. My grandson forwarded pictures of her on the day she was born and he has done so every day thereafter. I hear a ping on my phone, it’s a picture of the baby, and my world is brighter and my heart is all aflutter. For a while, I’m in good spirits, but later, the loneliness and feelings of despair return.  It seems there is no way to keep these feelings at bay. I experience a high then sink back into a low.

I look forward to the world going back to normal and I’m fearful about what normal will look like in the future. My hope is that normal will be a time when it’s safe for families to get together. I can attend church with my church family without any fear. I won’t have a panic attack when I leave the safety of my home to go to the grocery store, ride public transportation, attend a concert or enjoy a movie at a movie theater.

My great-granddaughter gives me hope for a better world. I pray I’m given the opportunity to watch her grow and see my daughter and grands happy and healthy. I take nothing in my life for granted any more. Having my family safe and happy is the greatest blessing I could hope for.  Even with all the chaos in my life, my living is not in vain.


Por fuera mis malestares son visibles. Por dentro, es difícil que alguien los detecte ya que he aprendido a camuflarlos. Sufro de depresión clínica y de ADHD (déficit de atención e hiperactividad). Mi enfermedad ha sido tan abrumadora que en los últimos años  me han tenido que ingresar un par de veces en un hospital psiquiátrico. Estoy con tratamiento para ambos problemas de salud mental y tomo mis medicamentos como un reloj todos los días.

Tengo la suerte de tener una familia que me apoya, terapeutas que me atienden una vez por semana, asistentes sociales que me visitan dos veces al mes para ver cómo estoy, y un psiquiatra que me atiende de forma regular. Tengo tres personas que me cuidan y una me acompaña todos los días.

Uno podría pensar que mi condición está bajo control. Hay días mejores que otros. Sin embargo, hay ocasiones en que siento tanta frustración que me encierro en el baño y me pongo a gritar. Tiendo a responder de mala manera por tonterías, como cuando no colocan mis tijeras donde yo las tenía. El distanciamiento social no alivia mi condición; la agrava.

Siento que las paredes me oprimen y estoy constantemente luchando por salir. Siento que salto de una cosa a otra sin terminar ninguna. Me como las uñas. Devoro todo lo que veo o no como en todo el día. Olvido qué día de la semana es. No duermo bien y algunas noches las paso en vela. A pesar de que tengo quien me ayude en las actividades diarias, me siento aislada y sola.

El Covid-19 llegó de sorpresa. A mi edad avanzada y con las enfermedades crónicas que padezco, el riesgo que corro de contraer el Covid-19 es extremadamente alto, y mis probabilidades de supervivencia bastante limitadas. La última vez que salí de mi apartamento fue el 9 de marzo. Hago compras por internet. Las recetas médicas me llegan por correo. He tenido consultas médicas por vídeo. Sentir el aire puro y el sol en la piel no existe para mí.

Lo mejor del día y lo que me produce mayor alegría es recibir fotografías de mi bisnieta. Mi nieto las mandó el día en que ella nació y desde entonces no ha dejado de enviarme fotos. Escucho el silbidito en mi teléfono, es una foto de la nena; mi mundo resplandece y mi corazón se llena de felicidad. Por un instante me animo; pero luego la soledad y el desaliento vuelven. Parece no haber manera de contener esos vaivenes. Me siento en las nubes, luego vuelvo a desplomarme.

Deseo que el mundo vuelva a la normalidad, pero me asusta no saber cómo será ese normal en el futuro. Espero que ese normal permita que las familias se reúnan sin riesgo, que yo pueda asistir a la iglesia con mis parroquianos sin temor, que no me dé un ataque de pánico cuando salga de la seguridad de mi casa para ir a comprar a la tienda, montarme en el autobus, asistir a un concierto o disfrutar de una película en el cine.

Mi bisnieta es mi esperanza de un mundo mejor. Rezo por la oportunidad de verla crecer y ver a mi hija y a mis nietos felices y saludables. Ya no doy nada por descontado. Saber a mi familia segura y feliz es la mayor bendición que podría recibir. A pesar del caos en que vivo, mi existencia no es en vano.

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