Aplicación del análisis de equidad racial: La atención médica de ayer y hoy

En CHF hablamos muy poco acerca de la atención médica.  Como fundación para la salud, sabemos que una pequeña parte de nuestra salud – el 20%, según los expertos- está determinada por lo que pasa en el sistema médico. El resto de nuestra salud está determinada por los alimentos que tenemos a nuestro alcance, por la calidad de nuestros vecindarios, el acceso a capital para hacerle frente a las dificultades financieras, el poder dormir en viviendas seguras y de precio razonable, el poder aprender en escuelas donde nuestra identidad es valorada, y poder disfrutar los frutos de un trabajo seguro con un salario digno.

Aunque estamos siendo testigos de los estragos que está causando el COVID-19 en las comunidades de color, no puedo evitar preguntarme cómo les está yendo a estas personas con el sistema médico que nunca ha sido ni justo ni equitativo desde el punto de vista racial.

No es necesario retroceder en la historia para dar ejemplos de racismo en el sistema médico. Aún existe hoy en día. Hemos escrito de ello en este blog sobre mortalidad materna en el Distrito de Columbia. Pero para aplicar el lente de la equidad racial en un problema es necesario hacer un análisis histórico. El enfoque histórico tiene un doble propósito. Primero, establece cuán arraigado está el racismo y por lo tanto, cuán poderosas deben ser las soluciones para deshacer siglos de esfuerzos por cimentar y perfeccionar la jerarquía racial. Segundo, desacredita los argumentos, usados una y otra vez, que atribuyen los resultados desastrosos a las mismas personas que han sufrido como resultado de estos esfuerzos deliberados por establecer jerarquías raciales.

El racismo y la atención médica: El ejemplo del dolor

El año pasado leí el libro de Ibrah Kendi, Stamped from the Beginning: The Definitive History of Racist Ideas in America (Sellado desde el inicio: la historia definitiva de las ideas racistas en Estados Unidos.  Si bien durante la mayor parte del libro me la pasé con la boca abierta, escribiendo notas al margen de la página y, a veces, riéndome de lo absurdo de la jerarquía racial, ninguna sección del libro me conmovió tanto como la historia de J. Marion Sims. Sólo un párrafo estaba dedicado a él, pero después de leerlo tuve que dejar el libro de lado por un par de semanas. El dolor que sentí al leerlo fue desgarrador. Lo sentí en mi propio cuerpo.

Si no sabes quién es J. Marion Sims, deberías saberlo pues es considerado el padre de la ginecología. Desde 1845 J. Marion Sims, experimentó con las vaginas de once mujeres esclavizadas para aprender a reparar una complicación durante el parto llamada fístula vesicovaginal. Todo esto lo hizo sin el uso de anestesia, aunque en sus memorias describía que “la agonía de Lucy era extrema”. Para perfeccionar el procedimiento para curar la fístula, experimentó en una mujer llamada Anarcha treinta veces.

Al cabo del tiempo  J. Marion Sims empacó sus escritos y se trasladó de Alabama a New York donde construyó el primer hospital para mujeres con el fin de curar a mujeres blancas. A pesar de que en sus escritos reporta que era un gran problema usar anestesia a las mujeres negras que participaban en sus experimentos, no dudó en poner anestesia a las mujeres blancas de su hospital.  Una estatua en su honor estuvo por muchas décadas situada frente a la Academia de Medicina en New York, pero después de mucha insistencia por parte de activistas y académicos fue retirada en el 2018.

La historia de J. Marion Sims, Lucy, Anarcha y las otras mujeres que sufrieron racismo médico bajo su bisturí, 175 años después, otro reciente estudio sobre el dolor realizado por Hoffman y otros [investigadores] es publicado en la revista médica Proceedings of the National Academy of Sciences de 2016. Los investigadores de este estudio señalan que los médicos que respaldaban con mayor firmeza las falsas creencias sobre las diferencias biológicas entre negros y blancos reportaron menos niveles de dolor y recomendaron tratamientos menos exactos que los médicos que no tenían estas creencias.

El cuadro de abajo resalta algunos de estos prejuicios.  Cabe destacar que hay una falsa creencia que las terminaciones nerviosas en las personas negras son menos sensibles que en las personas blancas y que la piel de los negros es más gruesa que la piel blanca, lo que se considera como el principal factor que contribuye a recomendaciones erróneas en el tratamiento del dolor.  Como podrán imaginar, muchos han sufrido y han muerto por culpa de esta jerarquía racial enraizada y perfeccionada en nuestro sistema médico.  Muchos pacientes son culpados por no haber nada al respecto, cuando en realidad muchas veces son ignorados si hacen algo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cómo abordar el prejuicio implícito en los servicios médicos

Mi amiga Adaeze Enekwechi y su colega Shantanu Agrawal son coautoras del blog Health Affairs (asuntos de salud) que iniciaron a principios de año.  En él presentan una agenda para la reforma al sistema médico.  Aunque ellas también consideran la importancia de los determinantes sociales de la salud se oponen a que el sistema de salud se salga con la suya. Ellas rechazan la hipótesis que los problemas sociales existen fuera de la atención médica. En el articuló cuentan las anécdotas de pacientes latinos que llegan con dolor a quienes describen como  “hispanicus hystericus” y niños negros que no reciben los anestésicos tópicos que sí son usados en los niños blancos.

La agenda de reforma incluye un programa de capacitación sobre prejuicios para las escuelas de medicina, enfermería y otras escuelas del sector de salud, así como hospitales y otros servicios médicos.  Ellas exigen servicios de interpretación y traducción para garantizar que cada médico o equipo de atención médica pueda, por lo menos, comunicarse con los pacientes en tiempo real.  Recomiendan que los directores encargados de equidad sean el pilar del sistema de servicios médicos para 1) atender los problemas de desempeño laboral asociados con la calidad y el acceso a todos los pacientes; 2) supervisar la formación del personal y su obligación en cuanto a la toma de responsabilidad, y 3) enfocarse  en los determinantes sociales de salud de las comunidades. Además, proponen una diversificación de proyectos y medidas de desempeño e incentivos que reflejen una metodología integral sobre equidad.  Muchas de estas recomendaciones se señalan en este artículo que escribí en colaboración con el fideicomisario Christopher King en el 2017.

Por encima de estas ideas de reformas que apoyo plenamente, me hago nuevas preguntas que deberían incluirse en las evaluaciones sobre el impacto de la equidad racial: ¿cómo se benefician los sistemas de atención médica de una jerarquía racial? ¿Qué explicación dan para justificar la jerarquía racial? ¿Dónde se manifiesta el racismo, no únicamente en las políticas y prácticas de las instituciones, será que también está presente en los conocimientos que los mismos médicos y enfermeras poseen? ¿De qué manera las comunidades se pueden sanar a sí mismas?  ¿Qué espacios, tiempo y formación necesitan las comunidades para desarrollar e implementar sus propios sistemas de salud? Sin respuesta a estas preguntas, me temo que toda la formación, incentivos y diversidad del mundo en el personal no podrán cambiar absolutamente nada.